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Los abismos

A la tierna edad de los catorce el puritanismo me rozó la boca y jugó la sotana entre mis pies. Alguna que otra vez me imaginaba en los altares de las calles gritando ofrendas, sacrificios y pancartas: quería ser Dios entre los hombres, jugaba con ello. Gritaba, muy de vez en cuando, en mi cuarto, sólo, preguntándome que qué mal había hecho, porqué no era digno de la estigmación, quiénes eran en verdad esos santos y porqué no podría ser como ellos. Jugaba a ser Dios y Dios se reía de mí, como un arcángel, adentro mío. Veía las flores y me asombraba de su belleza, y quería ser ellas, no quería al lobezno dentro mío, y por ello lloraba. Y por ello renunciaba a las mujeres. Las rechazaba no por malas; creía que yo era sólo, un solitario, casi un paria de la dulzura… ¡Contradicción humana!. Destinado estaba, me suponía, a salvar al mundo, a gritar al mundo la santidad de las cosas buenas, y no de las malas. El acto más inocente de consecuencias adversas ya me entristecía y me desvariaba: así casi llegué a estar loco.
  Hubo un día, lo recuerdo bien, que se me acercó una muchacha y me preguntó porqué no la quería. Le contesté lo que yo era, menos que Dios y Jesús, pero que en mi intento iba a morir, lo sabía, y llevaría una vida un tanto digna y un poco magra. Pero claro, las Madres no quieren héroes y mis amigos me acechaban. -¿Querés ser santo?”-me decían. Se acabaron hace tiempo-. Y así me quedaba sin lo sensual y sin lo sacro…
   Más tarde adiviné que las hojas no hacen al viento, y me pregunté si no esquivaba fantasmas de la infancia. Y así predije que aquel encuentro con prostitutas cuando mi edad escaseaba no me hacia buscar lo sacro entre las migajas de mi condición humana… Y la vida, que te lleva por abismos tristes y oscuros, devoró las ansias de grandeza, y pude crecer, de una vez, de corazón. 

César Gonzales: Un poeta y escritor desde la cárcel


ASÍ ES EL VIEJO OFICIO DEL POETA


En marzo, recuperó la libertad y de inmediato se inscribió en la Universidad de Buenos Aires para cursar la carrera de Filosofía. Hoy se define, sin rodeos, como “poeta” y reconoce el modo poco ortodoxo en que descubrió su nueva profesión: “Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso.

Empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo”. Honestidad brutal, sin dudas. A pesar admitir que no es un especialista en poesía, supo elegir importantes plumas como punto de partida para su producción propia.

“Mi referente es Oliverio Girondo. Fue un revolucionario, se atrevió a hacer un lindo quilombo con el estilo poético y diciendo cosas interesantes. Después te puedo nombrar un poco de García Lorca, un poco de Bukowski y mucho de la poesía de Los Redondos.

El Indio Solari es una gran influencia para mí”, relató enumerando a sus autores favoritos elegidos bajo un criterio sumamente ecléctico. La literatura le llegó por mera casualidad.

“Los libros entraron en mi vida gracias a Merok, un mago que daba cursos en los institutos de menores de Capital. Él enseñaba en el taller venciendo prejuicios e indiferencias adentro de los pabellones.

Nos enseñaba un truquito y nos hablaba de Rodolfo Walsh, del “Che” Guevara, de Eduardo Galeano, de los Túpac Amaru”,
describió el rito inciático que lo acercó a la lectura.

Luego, comenzó a agregar nuevos títulos y autores bajo su propio discernimiento. Es consciente de que “si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales”.

También que para él antes de tener este trato íntimo con los libros, si le consultaban quién era Rodolfo Walsh, hubiera respondido “un jugador de fútbol”. Además, plantea como una solución posible para prevenir acciones delictivas “inundar de cultura la villas”. Planteo razonable y para tener en cuenta.