Ayax Boremboin

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Cae Áyax cubierto de sangre, primer trágico muerto. Lo mata su Dios, el magnánimo Sófocles, reavivado en el Teatro de Sevilla. Setecientos años después, sigue existiendo. Dos mil, quinientos, también.

Los palcos gritan, comen, beben, se emborrachan, ‘helaaadero’, la plebe se tira manzanas, escupe, grita, bebe, come, se emborracha, ‘Pirulines, goloooosinas’. Áyax sigue muerto, solo, entre el silencio de su gente, entre el ruido de los otros. Algunos se pelean, arman pleitos, empieza el jolgorio, el reggaeton suena, un grupo de amigos gritando, charlando. La gente. La simplemente gente. Yo me escurro, quiero escuchar la ópera.

Áyax ya cayó, ahora lo lloran, la gente se percata, silencio respetuoso (¡Es cultura!). Se escucha a alguien comiendo una manzana. Yo corro, me escurro, busco el silencio, ¿Silencio?, me dice uno, ¿Silencio, acá? Tomatelas, pibe, anda al teatro. Concierto a cielo abierto, argentina. ¡Donde quedó la Atenas del Plata!.

La gente pasa, Aquiles llora (quizás), la gente pasa, silencio en el escenario. El concierto sigue sonando, la gente sigue gritando. Me fui antes de empezar.

Lo Absoluto

—Lo absoluto —decía la Maga, pateando una piedrita de charco en charco—. ¿Qué es un absoluto, Horacio?

—Mirá —dijo Oliveira—, viene a ser ese momento en que algo logra su máxima profundidad, su máximo alcance, su máximo sentido, y deja por completo de ser interesante. (Cortázar)

Maga y yo caminábamos por los barrios del bajo oeste, en una noche despejada; Los colores eclesiásticos ocultaban el antropomorfismo que reinaba en el olor de la noche. La percepción se despedía y de súbito nos desmayábamos, de la mano, por el centro de París. (Yo)

¡Qué lástima!



¡Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después... ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque..., ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo...
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca...
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa...
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca...
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana...
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana...
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa...
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

¡ Le Dox Litera !


Escribir con sangre
La literatura es el desgarre de la pluma, es el vomitar palabras, ya no escribir, ya que un pulpo se adueñe de tu cuerpo, que las manos febriles vaguen por la hoja, que los dedos no paren, que no piense la mente, que se apague la luz, que paren los relojes. La literatura no es la palabra fría, palabra hielo, palabra negra. No es una letra, sin aire, sola, vacía, barnizada, sola, brillosa. La literatura es la palabra llena de sangre. La palabra de amor, gritos, euforia o un infinito lamento, una infinita tristeza, quizás por amor. No son vocablos: son utopías. Las palabras no pesan: vuelan bañadas de lágrimas. La literatura es aquella que no te cansa, que se desliza por los labios, que borbotea de la mente. No. Es puro corazón, cada letra un baluarte: el infinito bastión de la pureza.

Ya no seré feliz





‎"La vida del escritor es una vida solitaria, uno cree estar solo, y al cabo de los años, si los astros son propicios, uno descubre que es el centro de una especia de vasto círculo de amigos invisibles, de amigos que no conocerá nunca físicamente, pero que lo quieren a uno, y es una recompensa mas que suficiente"...

Jorge Luis Borges

1964

I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines. Ya no hay una
luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.

II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo;
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta

y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna

y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.

Sólo que me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina
.