El Tártaro




El Tártaro 


Toca el timbre y los alumnos gritan. Los acompaño con aplomo, con los pies amortajados y un bastón en la espalda. Van cinéticos jinetes, decapitan y los caballos transpiran, agarran el apero, van las guainas flameando las crines sobre la cara, que no me arrancan porque saben que voy al sacrificio, so huaso: hace tiempo aprendí a no asustarme del malón que me carnea. Falta poco para entrar al aula y alcanzar la cima, al fin, de Kukulkán. Entro y cierro de un portazo, todos tiesos esperando, y como Quetzales miran que me planto y como bruja parto, subo un pie y prendo fuego el nervio de la hoguera, levanto la hoja y asquerosos unitarios escupo nombres, maulas digo, cállense la boca, tiemblo un poco y me pierdo entre verdugos. De a poco aprendo a sentirlos hombres, no ya dioses, y a resignarme por la peste bubónica con que infestan mis sueños; todas ratas, ratas unitarias asquerosas. Dejo la lista y les repaso los ojos, grito un poco y se amedrantan. Todo verbo y gárgara. De magister nada; solo existe el libro de texto proscripto que es mi Biblia y mi Corán, mi Popol Vuh y mi Sangre, y sobre él me abro y me explayo y convenzo a mis captores de convicciones que descreo: Amadís y el campeador, Poe y su tristeza y alguna otra cosa que ellos dormitan entre sus divinos dedos, releo cuentos y grito un poco, mañana voy a tener un papá gritando y le voy a arrancar los ojos. El sacrificio tiene sus cuotas que voy pagando para no ser menos que el bravo Juan Moreira. Ya me siento en una ciudad sobre un pantano y me da miedo que se hunda, que la prendan fuego. Cortés me trata de bárbaro desde aquel banco y aquel me grita loco. ¿Loco? ¿Yo, loco? Ésta si no te la voy a perdonar, saco un arma y disparo. 
Van veinte años en Devoto.

Las cuatro etapas

Los abismos

A la tierna edad de los catorce el puritanismo me rozó la boca y jugó la sotana entre mis pies. Alguna que otra vez me imaginaba en los altares de las calles gritando ofrendas, sacrificios y pancartas: quería ser Dios entre los hombres, jugaba con ello. Gritaba, muy de vez en cuando, en mi cuarto, sólo, preguntándome que qué mal había hecho, porqué no era digno de la estigmación, quiénes eran en verdad esos santos y porqué no podría ser como ellos. Jugaba a ser Dios y Dios se reía de mí, como un arcángel, adentro mío. Veía las flores y me asombraba de su belleza, y quería ser ellas, no quería al lobezno dentro mío, y por ello lloraba. Y por ello renunciaba a las mujeres. Las rechazaba no por malas; creía que yo era sólo, un solitario, casi un paria de la dulzura… ¡Contradicción humana!. Destinado estaba, me suponía, a salvar al mundo, a gritar al mundo la santidad de las cosas buenas, y no de las malas. El acto más inocente de consecuencias adversas ya me entristecía y me desvariaba: así casi llegué a estar loco.
  Hubo un día, lo recuerdo bien, que se me acercó una muchacha y me preguntó porqué no la quería. Le contesté lo que yo era, menos que Dios y Jesús, pero que en mi intento iba a morir, lo sabía, y llevaría una vida un tanto digna y un poco magra. Pero claro, las Madres no quieren héroes y mis amigos me acechaban. -¿Querés ser santo?”-me decían. Se acabaron hace tiempo-. Y así me quedaba sin lo sensual y sin lo sacro
   Más tarde adiviné que las hojas no hacen al viento, y me pregunté si no esquivaba fantasmas de la infancia. Y así predije que aquel encuentro con prostitutas cuando mi edad escaseaba no me hacia buscar lo sacro entre las migajas de mi condición humana… Y la vida, que te lleva por abismos tristes y oscuros, devoró las ansias de grandeza, y pude crecer, de una vez, de corazón

Distancia

 Usted que ve en mí
¡Tantas rosas!
tantas caricias sinceras
tantos abrazos que le traigo
y un poco de música
y parodias y alegría,
casi tanta irresponsabilidad
y juegos, y bondad
y esa cosa tibia que le dan
las gentes que lo quieren
y está sólo, usted
y yo acá.

El árbol

 Andaba sólo por la selva, era de mañana cuando vi el gran árbol. Lo rodeé pensando mucho tiempo, se hizo casi la tarde, hasta que me decidí y trepé. Escalé por su tronco, dormí en sus ramas, me rasgué las uñas y caí tantas veces. Poco a poco llegué a su cima.  
Recorrí aquel árbol desde abajo, y así lo conocí. Ya sospechaba yo como serían las estrellas, ya me enamoré yo de su brillante tul y bandera. Vi las nubes y los soles, descubrí planetas en el cielo y jugué con mi Luna. Siguieron los días y miré otras copas, más bajas que la mía y comprendí que mi soledad era tan infinita como mi alegría de poder conocer a las estrellas. Me vi sólo rodeado de personas mirando desde abajo, que no podían verme con claridad, pues las hojas los tapaban. Y así me propuse cambiar estrellas por palabras, y así fui regalando versos y metáforas. 
Yfui feliz.