Los 90: la nueva década infame

Extracto de Almacén de antigüedades de Charles Dickens

142fc496eac1104b24ae30fdcb1cffa1.12518095711 Almacén de antigüedades



Permítaseme una brevísima disquisición para destacar que si el afecto y el amor familiares son dones preciosos para todo el mundo, en casa del pobre resplandecen aún más. Los lazos que ligan al rico y poderoso a su hogar pueden quedar adulterados por el lodo de la tierra pero los que unen al pobre a su humilde morada están hechos de un metal más verdadero y llevan el marchamo del cielo. El que desciende de alta estirpe puede que ame las riquezas y tierras que ha heredado como parte de su propio ser, como trofeos de cuna y poder; sus vinculaciones con ellas son asociaciones de orgullo, riqueza y triunfo. En cambio, el apego del pobre a la vivienda que ocupa, que antaño fue de otro y mañana puede dejar de ser suya, posee unas raíces más hondas y robustas ue penetran en las profundidades de una tierra más pura. Los dioses de su hogar están hechos de carne y hueso, sin mezcla de metales de plata, oro o piedras preciosas. No tiene más bienes que el afecto de su propio corazón, y cuando aquéllos se hacen querer entre cuatro paredes desnudas, a pesar de los harapos, el esfuerzo y la escasez, se puede afirmar que ese hombre recibe el amor familiar directamente de Dios y su rústica choza se convierte en un lugar maravilloso. 
¡Ay!, si tuvieron esto en cuanta quienes gobiernan los destinos de las naciones... Si pensaran en lo difícil que es para el pobre engendrar en su corazón el amor familiar de donde nacen todas las virtudes hogareñas, cuando se vive entre masas densas y escuálidas donde se pierde, o jamás se encontró, la decencia social... Si olvidaran un poco las amplias avenidas y lujosas viviendas y se esforzaran en mejorar las inmundas agrupaciones humanas hacinadas en sucias callejuelas por donde sólo puede circular la miseria.... Muchos tejados bajos apuntarían hacia el cielo con más razón que las poderosas torres que ahora se alzan plenas de orgullo desde el centro mismo del pecado, del crimen y del morbo, escarneciéndolos con su contraste. Esta verdad viene siendo proclamada día a día, con voces cavernosas que se alzan en asilos, hospitales y cárceles, desde hace años. No es ésta una materia leve; no es un mero clamor que surge de la masa trabajadora, ni tampoco una simple cuestión de bienestar popular dicho a la ligera. El amor a la patria nace del amor familiar. ¿Quiénes son mejores patriotas en tiempos de guerra, los que veneran la tierra porque poseen sus bosques, ríos y campos y todo cuanto producen, o aquellos que aman a su país sin tener un pie de terreno propio en toda su soberanía? 

Fuente: Dickens, Charles, Almacén de antiguedades, Editorial Bruguera, Buenos aires, 1970, p. 350 

"El hombrecito verde y su pájaro"


"El hombrecito verde y su pájaro"

142fc496eac1104b24ae30fdcb1cffa1.12518095711Laura Devetach

El hombrecito verde de la casa verde del país verde tenía un pájaro.
Era un pájaro verde de verde vuelo. Vivía en una jaula verde y picoteaba verdes verdes semillas. El hombrecito verde cultivaba la tierra verde, tocaba verde música en su flauta y abría la puerta verde de la jaula para que su pájaro saliera cuando tuviera ganas.
El pájaro se iba a picotear semillas y volaba verde, verde, verdemente. Un día en medio de un verde vuelo, vio unos racimos que le hicieron esponjar las verdes plumas.
El pájaro picoteó verdemente los racimos y sintió una gran alegría color naranja. Y voló, y su vuelo fue de otro color. Y cantó, y su canto fue de otro color.
Cuando llegó a la casita verde, el hombrecito verde lo esperaba con verde sonrisa.
–¡Hola, pájaro! –le dijo.
Y lo miró revolotear sobre el sillón verde, la verde pava y el libro verde. Pero en cada vuelo verde y en cada trino, el pájaro dejaba manchitas amarillas, pequeños puntos blancos y violetas.
El hombrecito verde vio con asombro cómo el pájaro ponía colores en su sillón verde, en sus cortinas y en su cafetera.
–¡Oh, no! –dijo verdemente alarmado.
Y miró bien a su pájaro verde y lo encontró un poco lila y un poco verde mar.
–¡Oh, no! –dijo, y con verde apuro buscó pintura verde y pintó el pico, pintó las patas, pintó las
plumas.
Pero cuando el pájaro cantó, no pudo pintar su canto.
Y cuando el pájaro voló, no pudo pintar su vuelo.
Todo era verdemente inútil. Y el hombrecito verde dejó en el suelo el pincel verde y la verde pintura.
Se sentó en la alfombra verde sintiendo un burbujeo por todo el cuerpo. Una especie de cosquilla azul.
Y se puso a tocarla flauta verde mirando a lo lejos.
Y de la flauta salió una música verde azul rosa que hizo revolotear celestemente al pájaro


La historia del Rey suicida






Los naipes modernos están cargados con capas de significados y simbología que pueden datar de hace siglos. Los cuatro reyes, por ejemplo, están basados en comandantes reales: el rey de diamantes representa al adinerado Julio césar, el rey de tréboles es el brutal Alexander “el Grande”, el de picas simboliza al fuerte pero amable, David de Israel y el de corazones representa al emocionalmente perturbado, debería decir, Carlos VII de Francia. Este es el rey del cual trataremos hoy. También es importante decir que Carlos fue el único de estos cuatro reyes que estuvo vivo el día en que su cara fue impresa en un naipe, lo que explicaría por qué se comportó de manera tan distinta a los demás.

El rostro de Carlos fue puesto en una carta al inicio de su reinado, pero nunca tuvo la oportunidad de tener contacto con ellas hasta muchos años después cuando se volvió viejo y contrajo una fiebre de la cual fue informado, que lo mantendría en cama por el resto de su vida. En este período Carlos comenzó a aprender juegos de cartas, como una versión antigua del Blackjack “vingt-et-un” (Veintiuno, francés).

Carlos estuvo en su cama por dos años, siempre jugando con sus cartas y volviéndose cada vez más débil. Con el paso del tiempo, hubieron reportes de que Carlos estaba obsesionado con la idea de que el Rey que pertenecía a la decimotercera carta y que tenía traje le causaba mala suerte. Él contaba cómo veía aparecer el número en todas partes mientras más se acercaba a descubrir su secreto. Por supuesto, todos sus desvaríos fueron atribuidos a la fiebre y al final del segundo año fue declarado demente y su hijo Luis XII tomó el poder del trono. Un día, muchos años después de el término de su reino, uno de los psiquiatras de Carlos fue a su cámara sólo para encontrar al débil hombre sentado en el medio empuñando una gran espada. Antes de que el doctor pudiera reaccionar, el rey dijo “Ils m’ont montré la vérité de treize, et il n’est pas signifié pour les yeux mortels.” Lo cual, traducido significa “Ellos me mostraron la verdad del número 13 y no puede ser conocida por ojos mortales” Sin pensarlo, el rey procedió a cortarse con la espada a través del lado izquierdo de su cabeza (Entre el oído y la sien) hasta que salió por el otro lado. Se tambaleó un momento, antes de colapsarmuerto en el suelo.

Después del incidente fue anunciado y fue hecho público que el rey se había vuelto loco, la imagen de Carlos fue alterada para mostrarle cortándose su propia cabeza. Aunque la imagen actual es significativamente menos gráfica, la imagen de Carlos atravesando su cráneo con una espada aún puede ser encontrada en los naipes modernos. Además, la parte más rara de toda la historia, es el día que Carlos decidió suicidarse: 7/6/1462. Sin importar si fue intencional o no por parte del rey, el hecho de que 6+7=13 y 1+4+6+2=13  sólo puede ser marcado como coincidencia. 

Cantando estrellas

Érase un joven de los campos, de la vieja vida campestre, de su cosmogonía abierta y planetaria.
 Labraba la tierra con cayos en sus manos y el sudor del sol gravitaba sobre sus pestañas. Amaba él la crianza de caballos, y sobre todo a uno llamado Ceniza, un viejo potro sin raza.
 Transcurría su vida con pausas, con metas y descansos, con las estrellas como vigías y guardias de su alma. Solía caminar sus noches persiguiéndolas; trepando árboles y recorriendo campos hasta encontrarlas y recibir algún consuelo: conoció estrellas que le inspiraron amor a la lectura, otras que le hablaban de las riñas y traiciones del hombre y alguna le contó como era aquello de ensuciarse las manos con barro. Cierta estrella moribunda le habló de revoluciones y anarquías: idealismos lejanos y fantásticos. Acullá conoció los horrores de los ciegos  y cierta noche que vagaba en el campo del amigo y vecino Carlos descubrió una bella estrella brillante y apartada que entornaba los ojos y transmitía algo. Acercose entonces el joven y pudo llegar hasta ella. La miró con paciencia y le preguntó:
 -¿Fuiste vos quien me llamó?
 A lo que ella le respondió con una sonrisa y estas palabras:

De la misma manera que no es casual el girar de los planetas
así distingue el hombre castillos de cal y de arena.
Y así como el rinoceronte precisa del ave
así necesita el hombre de la ciencia y del arte.