Vidrios en el suelo

Le prometí a mi alter ego no pensar como solía hacerlo, cuando los breves destellos de lucidez pensaban que el pensar llevaba a la nada, a una fría soledad desnuda, vomitando vida, por no quererla. ¡Sacala de adentro!, me decía; pero yo no quería. ¡Vomitala! ¡Rasgala!, me gritaba; pero yo no quería, me tapaba los ojos como un nene, en un rincón del cuarto, cuando discuten sus papás, cuando las frías palabras hechas hielo y mordazas se clavan en sus espaldas y los tímpanos, dañados por la inocencia dejada, se deshacen en mil partículas, llorando por esos dos seres que constituyen para el su todo.
Soy ese nene, triste, en silencio y gritando en voz bien alta: ¡No griten, cállense, ¿No ven que yo lloro? ¿No ven que mi alma se desagarra, que de azul plata pasa, recubierta en tiras de carne, a rojo sangre y blanco de linfa?! ¿No ven que no quiero? ¿No lo ves, mi alma?
Pasa, el tiempo pasa, y el alter ego de la infancia se desarma, porque no quiero, porque no quiero vomitarla. No quiero. Y rápido se descarrila el arranque de las contracciones, y yo grito y la histeria no quiere que sea el que quiere mi mente. Pero el alma y la mente se funden, ¡Se funden! Y nadie entenderá lo que digo. ¿Lo entendés vos, lector? Yo creo que no, ¡Y ahí está la soledad! En uno mismo: sos tu mortaja.

1 comentarios:

Mati Destinado dijo...

A veces me cuesta seguirte guacho,
me haces acordar mucho en algunas cosas,
a Borges en la forma de escribir, cosas profundas,
duales, me encanto, mas allá de la dureza del texto... =)

Saludos!

Mati.

Publicar un comentario