La vida se descubre bellamente, con su música interna, con los vitrales que conforman su pubis. Va abriendo sus secretos a nosotros eternamente. Nos aficionamos a sus miles de rostros, le hacemos ver nuestra belleza con nuestra ansiedad. Ahogamos exclamaciones de deseo y de sorpresa ante sus caderas, ante su virginal ombligo, ante sus infinitos poros y matices.
La muerte mira con el mismo rostro, pero la observamos de oblicua manera. Su mirada nos traspasa, nos ahonda. Sabe que la tememos y se convierte en odio. Sabe que la rechazamos, pero nos cautiva. Tras su velo de seda blanca, o quizás negra, gris o roja, se dispone a besar nuestra boca: A nutrirse del temor. Se acerca a beber la sutil pócima que nosotros mismos preparamos de nuestros mismos labios.
Lo carnal se apropia de la mente. Se inunda de placeres nuestro sentido. Se corre la vista anticipando el hermoso final que nos tiene preparado nuestra amante. Nos gritamos a nosotros mismos, nos arañamos la carne, gritamos sin comprender la belleza de su acto. Sudamos al no saber ver el hombro blanco y virginal de
Temblamos, la droga corre sobre nuestras venas mientras corremos hacia el vacío que sabemos, dejará nuestra alma cuando hayan bebido de nuestros labios. Nos arrancamos tiras de carne de nuestros brazos con las uñas. Giramos, recordamos con nostalgia esos momentos en que anhelábamos saber que se escondía atrás del velo. Gritamos sobre nuestras propias lágrimas. Lloramos. Lloramos amargamente, porque no podemos ver su lado descubierto.
Y
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