La luna en tu aurora

 En esos momentos en que en el corazón no golpea el demonio de la duda, en que nos miramos a los ojos y se ven acuarelas, donde las agujas se transforman en mariposas y los números se tiñen de rojo, y ya no miden el tiempo las horas sino los besos,  en que la caricia logra ser caricia y se entrecierran los ojos, que como cíclopes se miran y tus pecas se transforman en sepias crisantemos, en que tu boca roja transforma tu cara en un paraíso de otoño, y como rojas hojas los labios se muestran y se entrelazan las lenguas y ya somos uno y nos golpeamos y batimos entre risas y ensueños donde todo es real y Dios existe; un rayo nos electriza y nos mira en esa única pestaña que beso y que es tú todo, y ya me enamoro y me deshago y me ahogo y no lloro, y te reís, me miras y sonreís en el cuello, y todos me miran y me río y me quiero y te quiero.
  En ese tiempo que es mi todo, en que mi razón no existe y era tan bella la luna.

Sin comparación, pero quizás sintiendo algo parecido, Cortázar alguna vez cambió estrellas por palabras:

[¿Cursi? Quizás
 Tal vez,
Si.]

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