Todos miraron
Dio la casualidad que por razones distintas y desconocidas dos personas miraron hacia el mismo lugar en el mismo momento. Una tercera, que justo pasaba por ahí, al ver que observaban algo también miró, preguntándose qué era lo que estaban viendo. En ese instante una pareja se sumo al trío, mirando lo que los otros miraban, sin saber que veían, pero mirando. El grupo se hizo aún más numeroso cuando dos chicos de trece años, vencidos por la curiosidad, al ver a tantos adultos observando fijos un mismo punto, no pudieron menos que girar sus ojos en igual dirección.
No me acuerdo en qué punto me uní yo a la multitud (Para este instante ya era una multitud, sobrepasa los quince, veinte, aunque no podía saberlo con precisión debido a que sólo los podía observar de reojo), pero lo que sí me acuerdo es que me uní porque vi a todos apuntando la mirada hacia un mismo lugar. “Algo tiene que haber” sonó en mi cabeza, e interrumpí mis pensamientos y cosas, para ver.
Al principio no había nada, sólo una esquina irregular o una mancha en la pared, nada demasiado importante como para atraer la atención de tantas personas, pero ellos seguían, y yo seguía ahí, yo parte de ellos, buscando algo, mirando lo que nadie miraba pero todos miraban.
Hasta que de repente lo vi... Sí... Definitivamente tenía que ser eso lo que atraía la atención de tanta gente, ¿cómo puede explicarse sino el por qué de tantas personas paradas juntas, algunas cruzadas de brazos, otras no, con la cabeza levantada y los ojos fijos? Era algo medio negro, o marrón, o gris, o azul, no pude notar bien el color pero estaba manifestado en donde la pared cambiaba su tonalidad, ahí, en esa línea semi-recta, dividida en dos por la sombra que tiraba el árbol detrás nuestro.
Mentira, fue fruto de mi imaginación. No había nada ahí. No había absolutamente nada. Éramos todos víctimas de la casualidad, de la coincidencia, del juego maligno de algún dios aburrido con ganas de reírse de nosotros.
No creo haber sido yo el primero en darme cuenta de esta triste verdad, en el aire se notaba la incomodidad, flotaban entre nosotros esas ganas desesperadas de irnos, de darnos vuelta y correr, escapar de esta tortuosa simbiosis de mirar la nada. Pero ni uno de nosotros se atrevía a decirlo, nadie siquiera daba vuelta la cabeza hacia otro lado, fingiendo encontrar algo, y así continuar con su vida.
¿Diez, quince, veinte minutos habrán pasado ya? No lo sé, no podía mirar mi reloj, tenía ocupada mi vista con otra cosa, con lo mismo que les ocupaba a los individuos alrededor mío.
Sentí una gota de transpiración correr por mi espalda, la sentí correr por todas las espaldas, un escalofrío de terror, entre todos y cada uno.
Mis otros sentidos empezaron a hacerse más fuertes, podía escuchar con más claridad los sonidos, como cuando un hombre delante de mí tragó saliva, mucha saliva, y también cuando una mujer, a mi derecha, apretó los dedos y, clavándose las uñas en las palmas, trató de mitigar el dolor.
Seguramente fue esta exaltación de los sentidos lo que me hizo notar a la persona que lentamente se acercaba al grupo. Vestía de blanco (esto lo pude oler), sandalias (esto lo pude sentir) y llevaba el pelo largo, descuidado, como la barba de varias semanas (esto lo escuché).
Él no miro.
No miró, ¿entendés?, ¡No miró!... y yo, y cada uno de nosotros, víctimas del destino, nos dimos cuenta de que no miró. ¿Cómo explicar si no la tranquilidad en cada uno de sus movimientos?
Una ola de esperanza inundó nuestras almas. Él sería el salvador, el que nos sacaría de semejante tortura, él nos haría liberar los ojos, simplemente escapar y poder ser libres, otra vez, con nuestras vidas, y no estar sometidos a la voluntad del grupo, una voluntad sobre la cual nadie ejercía poder.
Cuando estuvo a tres pasos de distancia de nosotros la emoción se hizo casi intolerable. Todos suponíamos y sospechábamos lo que estaba a punto de acontecer. Él se acercaría, tiraría sus cabellos hacia atrás, y aclarándose la voz antes de hablar preguntaría qué estábamos haciendo. Le responderíamos que nada, nos reiríamos de la ridícula situación y cada uno seguiría su camino.
“¿Quién será el elegido?” pensaba, mientras los tres pasos se acortaban. Y ahí, cuando estaba a menos de medio metro de distancia, lo vi, de reojo, pero lo vi. Me había elegido a mí. Yo sería el cómplice salvador, el poder recaía sobre mí, sobre las palabras que estaban a punto de brotar de mis labios, fruto de una respuesta a una pregunta.
Él se acercó, echó sus pelos hacia atrás y aclarándose la voz me preguntó:
- ¿Qué es lo que todos ustedes están mirando?
Yo sonreí anticipando lo que estaba por venir y, con la cobardía acompañando un movimiento de mi brazo, respondí:
- ¿Qué pasa? ¿Acaso no lo ves?
Sacado de BLOG
El pequeño Big Bang
Y así el mundo se fue agrandando.
Y así el mundo se fue achicando.
El cielo fue tapado por Cables y ahora, con el cielo negro, tiran unos contra otros y van viniendo, cada vez más terrible lo cerca, cada vez más rápido y tensionados.
Pequeña anécdota de la vida cotidiana
1. Que yo escuche su canción.
2. Que yo (y todos) sepa (sepamos) que está componiendo, para sentirse bien y orgullosa de sí misma (Causa y consecuencia).
3. Obtener una alabanza hacia su creación, para sentirse bien y orgullosa de sí misma (Causa y consecuencia).
Realmente, lo enviado no me gustó. Me puse a pensar en las dos opciones que me quedaban:
1)Decirle que su música distaba mucho de ser amigable para mis oídos.
2) Decirle lo que ella quería escuchar.
Lo malo es que si tomaba la primera opción podían pasar varias cosas:
1) Que se sienta golpeada y triste; alicaída, contribuyendo yo a una etapa de frustración de la que pudiesen salir varias variantes (en las que no me voy a meter).
2) Que se enoje.
3) Que me mande a la mierda omitiendo mi opinión.
En ese mismo momento recordé los versos de Charly García de cierta canción de su disco "pirata" Kill Gill:
por descomposición, tratando de agradar
Llevados a mi situación la letra se puede reformular de otra manera: el mentir va en contra de mi naturaleza y condición, y por tanto, no es un acto salubre ni bueno.
El enigma de Casandra: Adonis
Las rosas del jardín de Adonis
Son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas
Que en el día de su nacimiento,
En ese mismo día, mueren.
La luz es eterna para ellas, pues
Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban
Antes que Apolo pudiera incluso iniciar
Su trayectoria visible.
Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,-
Voluntariamente, Lydia, desconociendo
Que existe la noche antes y después
El poquito que perduramos.
Fernando Pessoa (1888-1935)
El mito de Adonis
Mirra, incitada por Afrodita, mantuvo una relación incestuosa con su padre, Tías, rey de Siria. Fue convertida en el árbol de la mirra por la propia Afrodita y de ese árbol nació Adonis.
El niño fue recogido por Afrodita, que lo dejó al cuidado de Perséfone. Las dos divinidades acabaron disputando por Adonis, hasta que Zeus decidió que pasara un tercio del año con cada una y un tercio del año libremente. Él pasaba siempre dos tercios con Afrodita por propia voluntad.
Murió por el ataque de un jabalí, causado por los celos de Ares,el amante de Afrodita.
Su muerte está relacionada con el color rojo de la rosa. Cuando Afrodita corrió a socorrer a Adonis en su trance mortal, se clavó una espina de rosa, que era una flor de color blanca, y ésta se tiñó con su sangre. Por esta razón la rosa es la flor consagrada a la diosa Afrodita.
Son las que yo amo, Lydia, esas efímeras rosas
Que en el día de su nacimiento,
En ese mismo día, mueren.
La luz es eterna para ellas, pues
Nacen con el sol cuando ya ha salido, y se acaban
Antes que Apolo pudiera incluso iniciar
Su trayectoria visible.
Como ellas, déjanos hacer de nuestras vidas un día,-
Voluntariamente, Lydia, desconociendo
Que existe la noche antes y después
El poquito que perduramos.
El niño fue recogido por Afrodita, que lo dejó al cuidado de Perséfone. Las dos divinidades acabaron disputando por Adonis, hasta que Zeus decidió que pasara un tercio del año con cada una y un tercio del año libremente. Él pasaba siempre dos tercios con Afrodita por propia voluntad.
Murió por el ataque de un jabalí, causado por los celos de Ares,el amante de Afrodita.
Su muerte está relacionada con el color rojo de la rosa. Cuando Afrodita corrió a socorrer a Adonis en su trance mortal, se clavó una espina de rosa, que era una flor de color blanca, y ésta se tiñó con su sangre. Por esta razón la rosa es la flor consagrada a la diosa Afrodita.
El Tártaro
Toca el timbre y los alumnos gritan. Los acompaño con aplomo, con los pies amortajados y un bastón en la espalda. Van cinéticos jinetes, decapitan y los caballos transpiran, agarran el apero, van las guainas flameando las crines sobre la cara, que no me arrancan porque saben que voy al sacrificio, so huaso: hace tiempo aprendí a no asustarme del malón que me carnea. Falta poco para entrar al aula y alcanzar la cima, al fin, de Kukulkán. Entro y cierro de un portazo, todos tiesos esperando, y como Quetzales miran que me planto y como bruja parto, subo un pie y prendo fuego el nervio de la hoguera, levanto la hoja y asquerosos unitarios escupo nombres, maulas digo, cállense la boca, tiemblo un poco y me pierdo entre verdugos. De a poco aprendo a sentirlos hombres, no ya dioses, y a resignarme por la peste bubónica con que infestan mis sueños; todas ratas, ratas unitarias asquerosas. Dejo la lista y les repaso los ojos, grito un poco y se amedrantan. Todo verbo y gárgara. De magister nada; solo existe el libro de texto proscripto que es mi Biblia y mi Corán, mi Popol Vuh y mi Sangre, y sobre él me abro y me explayo y convenzo a mis captores de convicciones que descreo: Amadís y el campeador, Poe y su tristeza y alguna otra cosa que ellos dormitan entre sus divinos dedos, releo cuentos y grito un poco, mañana voy a tener un papá gritando y le voy a arrancar los ojos. El sacrificio tiene sus cuotas que voy pagando para no ser menos que el bravo Juan Moreira. Ya me siento en una ciudad sobre un pantano y me da miedo que se hunda, que la prendan fuego. Cortés me trata de bárbaro desde aquel banco y aquel me grita loco. ¿Loco? ¿Yo, loco? Ésta si no te la voy a perdonar, saco un arma y disparo.
Van veinte años en Devoto.
Los abismos
Distancia
El árbol
Filosofía para bufones
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"De la supuesta sabiduría de Hegel dijo Schopenhauer que no era más que una payasada filosófica, un galimatías repugnante, un oscuro encadenamiento de insensateces y disparates que a menudo recuerda a los delirios de los enajenados. (p 133)".
-Y si no hay diferencia, ¿por qué no te mueres?
-Por eso -contestó Tales-, porque no hay diferencia".
-No me extraña que hable mal de mí porque nunca aprendió a hablar bien."
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Modus Ponens
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Cierro los ojos y veo una bandada de pájaros. La visión dura un segundo o acaso menos; no se cuántos pájaros vi. ¿Era definido o indefinido su número? El problema involucra al de la existencia de Dios. Si Dios existe, el número es definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi. Si Dios no existe, el número es indefinido, porque nadie pudo llevar la cuenta. En tal caso, vi menos de diez pájaros (digamos) y mas de uno, pero no vi nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres o dos. Vi un número entre diez y uno, que no es nueve, ocho, siete, seis, cinco, etcétera. Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe.
Jorge Luis Borges
Argumentum Ornithologicum
El Hacedor.
Escribíre
Pienso en tu sexo.
Los Nadies
Marco Livio Druso el Tribuno
Karl Kraus
Marco Livio Druso el Tribuno (Latín: Marcus Livius Drusus; muerto en 91 a. C.) fue un político romano, hijo de Marco Livio Druso el Censor.
Fue elegido tribuno en 92 a. C. Al contrario que su padre siguió una política favorable a la plebe, aunque con la idea de fortalecer el mando del Senado. Su primer objetivo fue acabar con el monopolio que mantenía el orden ecuestre sobre las quaestiones. Para ello presentó una ley frumentaria demagógica y devaluó la moneda, con lo que enriqueció al Tesoro y alivió las deudas, a costa de los caballeros, que eran acreedores universales. Asimismo quitó el mando de los jurados al orden ecuestre, por la condena injustificada de Publio Rutilio Rufo el mismo año de su elección.
En compensación por su ley judicial, hizo incluir entre los senadores un número de caballeros igual al de los Padres, pero lo que consiguió fue provocar el descontento de ambos órdenes.
Para conseguir el apoyo de los plebeyos, presentó una ley agraria más radical que la de los Gracos, pero la política romana estaba viciada por una contradicción profunda. Druso ofreció un acuerdo secreto a los aliados italianos, prometiendo la ciudadanía romana para todos, a cambio de que corrieran con los gastos de la nueva distribución de tierras. Sin embargo, se opusieron los terratenientes, que no querían perder sus tierras, y también la plebe, que no querían ver igualados sus derechos por los itálicos.
En un clima de guerra civil, Druso fue desaprobado oficialmente por el Senado y a los pocos días murió apuñalado en su casa por un desconocido. Su muerte desencadenó la Guerra social, que duró desde 91 a. C. hasta 88 a. C.
César Gonzales: Un poeta y escritor desde la cárcel
ASÍ ES EL VIEJO OFICIO DEL POETA
En marzo, recuperó la libertad y de inmediato se inscribió en la Universidad de Buenos Aires para cursar la carrera de Filosofía. Hoy se define, sin rodeos, como “poeta” y reconoce el modo poco ortodoxo en que descubrió su nueva profesión: “Necesitaba materializar tanta necesidad de desahogarme, darle forma a todo eso.
Empecé a escupir en una hoja sin saber bien qué nombre tenía eso que estaba escupiendo”. Honestidad brutal, sin dudas. A pesar admitir que no es un especialista en poesía, supo elegir importantes plumas como punto de partida para su producción propia.
“Mi referente es Oliverio Girondo. Fue un revolucionario, se atrevió a hacer un lindo quilombo con el estilo poético y diciendo cosas interesantes. Después te puedo nombrar un poco de García Lorca, un poco de Bukowski y mucho de la poesía de Los Redondos.
El Indio Solari es una gran influencia para mí”, relató enumerando a sus autores favoritos elegidos bajo un criterio sumamente ecléctico. La literatura le llegó por mera casualidad.
“Los libros entraron en mi vida gracias a Merok, un mago que daba cursos en los institutos de menores de Capital. Él enseñaba en el taller venciendo prejuicios e indiferencias adentro de los pabellones.
Nos enseñaba un truquito y nos hablaba de Rodolfo Walsh, del “Che” Guevara, de Eduardo Galeano, de los Túpac Amaru”, describió el rito inciático que lo acercó a la lectura.
Luego, comenzó a agregar nuevos títulos y autores bajo su propio discernimiento. Es consciente de que “si no fuera por la literatura, ya estaría muerto y sería un número más en los legajos policiales”.
También que para él antes de tener este trato íntimo con los libros, si le consultaban quién era Rodolfo Walsh, hubiera respondido “un jugador de fútbol”. Además, plantea como una solución posible para prevenir acciones delictivas “inundar de cultura la villas”. Planteo razonable y para tener en cuenta.
Heliogábalo el horrible
El emperador romano Heliogábalo, cuyo verdadero nombre era Vario Avito Basiano, reinó la capital del ya decadente imperio desde el año 218 al 222.
Totalmente supeditado a su madre, Julia Soemis Basiana, no realizaba ninguna gestión en la administración del estado sin su aprobación, mientras ella llevaba una vida similar a la de las meretrices, cometiendo en Palacio todo tipo de deshonestidades.
Según narra Elio Lampridio en la Historia augusta, los excesos de Heliogábalo no tuvieron fin. De comportamiento transexual, buscaba emisarios por toda Roma que le procurasen hombres bien dotados y "representaba en la corte la leyenda de Paris, haciendo él mismo el papel de Venus, de tal manera que, inesperadamente, dejaba caer sus vestidos hasta los pies y se ponía desnudo, de rodillas, con una mano en pecho y otra en los genitales, echando hacia atrás sus nalgas y presentándoselas a su amante. Depilaba todo su cuerpo y configuraba además su rostro con la misma figura que a Venus, pues se consideraba capaz de satisfacer la pasión de muchísimas personas."
En Roma nadie se atrevía a rechazar una invitación para cenar con el emperador. Lo mejor que se podía esperar era una velada de lo más desagradable; lo peor una muerte particularmente indigna. Porque el joven emperador dedicó su corto reinado a gastar pesadísimas bromas a algunos de sus infortunados súbditos.
Una de sus diversiones predilectas era invitar a cenar a los siete hombres más gordos de Roma. Se les sentaba en almohadones llenos de aire que eran pinchados de improviso por unos esclavos, derribando al suelo a los obesos comensales. A otros invitados se les servía comida artificial elaborada con cristal, mármol y marfil. La etiqueta exigía que la comieran.
Cuando se servía auténtica comida, los invitados debían estar preparados para encontrar arañas en la gelatina o excremento de león en la repostería. Quien comía demasiado y se quedaba adormilado podía despertar en una habitación llena de leones, leopardos y osos. Si sobrevivía a la impresión pronto descubría que los animales estaban domesticados.
Heliogábalo era muy aficionado a los animales, y con frecuencia su carroza era tirada por perros, ciervos, leones o tigres. Pero existían las mismas probabilidades de verlo llegar a una ceremonia oficial en una carreta tirada por mujeres desnudas.
Con frecuencia ordenaba a sus esclavos que recogiesen telas de araña, ranas, escorpiones o serpientes venenosas que enviaba como regalo a sus cortesanos. En cierta ocasión concibió la idea aparentemente placentera de derramar pétalos de rosa sobre los invitadas a una de sus cenas. Pero empleó tal cantidad que algunos de los comensales se asfixiaron.
Realizó sacrificios de toros en honor a Ceres y otras divinidades que se realizaban sobre una plataforma con orificios, bajo la que recibía la sangre de la víctima ofrendada. Practicó también los ritos de Salambo, que incluían el acto de castración en conexión con distintos cultos orientales. Sacrificó víctimas humanas, eligiendo para ello en toda Italia niños nobles y hermosos cuyos padres y madres vivieran aún con el fin de que la muerte les resultara más dolorosa a ambos.
Construyó unos baños públicos en la mansión imperial y, al mismo tiempo, abrió al pueblo los de Plauciano, para poder así descubrir las cualidades de los hombres mejor dotados sexualmente. Puso un particular empeño en que buscaran a los "onobelos" -que en griego significa "de pene de asno"-, por los lugares más escondidos de toda la ciudad y entre los marineros. Durante su gobierno, encumbró al poder a Aurelio Zotico, un atleta de Esmirna llevado a Roma por orden suya, con quien se casó.
Llamó para ocupar la prefectura del Pretorio a un bailarín que había actuado en Roma como actor, nombró prefecto de la guardia al auriga Cordio y prefecto de los víveres al barbero Claudio. Ordenó recaudar los impuestos de herencias a un mulatero, a un corredor, a un cocinero y a un cerrajero.
Sus despilfarros vaciaron las arcas del estado. En ocasiones se hacía construir un baño suntuoso, lo utilizaba una sola vez y luego lo mandaba destruir. Se dice que fue el primero de los romanos que usó vestidos confeccionados totalmente en seda, llamando mendigos a los que usaban por segunda vez una vestimenta que hubieran lavado. Jamás emprendió un viaje con menos de sesenta carruajes. Disponía de carros cubiertos de piedras preciosas y oro y despreciaba los que estaban hechos de plata, marfil o bronce. Capturó una ballena y la pesó, haciendo servir a sus amigos una cantidad de pescado proporcional al del peso de aquella. Hizo hundir en el puerto navíos ya cargados, diciendo que esta acción era una muestra de su magnanimidad.
Pero Roma no aprobaba su suntuosa manera de vivir, ni compartía su sentido del humor. Su propia guardia pretoriana lo asesinó obedeciendo órdenes de su abuela. Ahogado en excrementos en una letrina, su cuerpo fue arrastrado por las calles de Roma y arrojado al Tíber con un peso atado al cuello para que no tuviera sepultura.
El excéntrico emperador acababa de cumplir diecisiete años de edad.
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Pedro Salinas y el oficio del poeta
Pedro Salinas. Defensa del lenguaje. Madrid, Alianza Editorial, 1992 (edición no venal).
No habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje.
Ya Lazarus y Steinthal, filólogos germanos, vieron que el espíritu es lenguaje y se hace por el lenguaje. Hablar es comprender, y comprenderse es construirse a sí mismo y construir el mundo. A medida que se desenvuelve este razonamiento y se advierte esa fuerza extraordinaria del lenguaje en modelar nuestra misma persona, en formarnos, se aprecia la enorme responsabilidad de una sociedad humana que deja al individuo en estado de incultura lingüística. En realidad, el hombre que no conoce su lengua vive pobremente, vive a medias, aun menos.
¿No os causa pena, a veces, oír hablar a alguien que pugna, en vano, por dar con las palabras, que al querer explicarse, es decir, expresarse, vivirse, ante nosotros, avanza a trompicones, dándose golpazos, de impropiedad en impropiedad, y sólo entrega al final una deforme semejanza de lo que hubiese querido [nótese el subjuntivo] decirnos? Esa persona sufre como de una rebaja de su dignidad humana. No nos hiere su deficiencia por vanas razones de bien hablar, por ausencia de formas bellas, por torpeza técnica, no. Nos duele mucho más adentro, nos duele en lo humano; porque ese hombre denota con sus tanteos, sus empujones a ciegas por las nieblas de su oscura conciencia de la lengua, que no llega a ser completamente, que no sabremos nosotros encontrarlo.
Hay muchos, muchísimos inválidos del habla, hay muchos cojos, mancos, tullidos de la expresión. Una de las mayores penas que conozco es la de encontrarme con un mozo joven, fuerte, ágil, curtido en los ejercicios gimnásticos, dueño de su cuerpo, pero que cuando llega al instante de contar algo, de explicar algo, se transforma de pronto en un baldado espiritual, incapaz casi de moverse entre sus pensamientos; ser precisamente contrario, en el ejercicio de las potencias de su alma, a lo que es en el uso de las fuerzas de su cuerpo.
Podrán aquí salirme al camino los defensores de lo inefable con su cuento de que lo más hermoso del alma se expresa sin palabras. No lo sé. Me aconsejo a mí mismo una cierta precaución ante eso de lo inefable. Puede existir lo más hermoso de un alma sin palabras, acaso. Pero no llegará a tomar forma humana completa, es decir, convivida, consentida, comprendida por los demás. Recuerdo unos versos de Shakespeare, en The Merchant of Venice, que ilustran esa paradoja de lo inefable:
Madam, you have bereft me of all words,
Only my blood speaks to you in my veins.
Es decir, la visión de la hermosura le ha hecho perder el habla; lo que en él habla desde dentro es el ardor de su sangre en las venas. Todo está muy bien, pero hay una circunstancia que no debemos olvidar, y es que el personaje nos cuenta que no tiene palabras por medio de las palabras, y que sólo porque las tiene sabemos que no las tiene. Hasta lo inefable lleva nombre: necesita llamarse «lo inefable». No. El ser humano es inseparable de su lenguaje. El viejo consejo de Píndaro: «Sé lo que eres», el más reciente de Goethe: «Sepamos descubrir, aprovechar lo que la naturaleza ha querido hacer de nosotros», pueden cumplirse tan sólo por la posesión del lenguaje.
El alma humana es misteriosa y en todos nosotros una parte de ella, es decir, parte de nosotros, se recata entre sombras. Es lo que Unamuno ha llamado «el secreto de la vida», de nuestra propia vida. Y el lenguaje nos sirve de método de exploración interior, ya hablemos con nosotros mismos o con los demás, de luz con la que vamos iluminando nuestros senos oscuros, aclarándonos más y más, esto es, cumpliendo ese deber de nuestro destino de conocer lo mejor que somos, tantas veces callado en escondrijos aún sin habla de la persona.
La palabra es espíritu, no materia, y el lenguaje, en su función más trascendental, no es técnica de comunicación, hablar de lonja: es liberación del hombre, es reconocimiento y posesión de su alma, de su ser. «¡Pobrecito!», dicen los mayores cuando ven a un niño que llora y se queja de un dolor sin poder precisarlo. «No sabe dónde le duele». Esto no es rigurosamente exacto. Pero ¡qué hermoso! Hombre que malconozca su idioma no sabrá, cuando sea mayor, dónde le duele ni dónde se alegra. Los supremos conocedores del lenguaje, los que lo recrean, los poetas, pueden definirse como los seres que saben decir mejor que nadie dónde les duele.
Salvación - Alejandra Pizarnik
Y la muchacha vuelve a escalar el viento
y a descubrir la muerte del pájaro profeta.
Ahora
es el fuego sometido.
Ahora
es la carne
la hoja
la piedra
perdidos en la fuente del tormento
como el navegante en el horror de la civilización
que purifica la caída de la noche.
Ahora
la muchacha halla la máscara del infinito
y rompe el muro de la poesía.
Mi Hada
Tengo en mi lecho un lienzo de seda, el ring de Bonavena, un Artaud de dos plazas.
Tengo en la alfombra un gato persa, tres velas y a Campanita enjaulada.
Tengo en la mente una comedia de Shakespeare, a Werther, un mito de Ossian.
Tengo en el pecho a Eva, a Rembrandt, a Goethe, a Hesse, a Frida.
Tengo en la puerta un Laberinto, un tinto, una rima de Miguel Ángel.
En mi Babilonia yace Polifemo, Dionisio y, vestida de blanco, mi Hada.
Mártires del mañana
Quedan lejos los arrabales y los mártires combatientes del ocaso dictador. El fénix abreva la barca y carga los fusiles. Se reza La Esperanza, se leva el ancla, canta su canción el cañon y, de golpe, notamos garfios, un dolor en el pecho y la sonrisa de Miguel se hace carcajada.
Zummm...
¡Zuuuuuum! La molécula compuesta de átomos minúsculos también trabaja.
¡Puag! Todo. Todo.
El problema de la teoría es la distancia que lleva inmersa en la práctica.
El problema de la conjetura es que siempre supone una desviación, por minúscula que sea: sea Dios, el arquetipo, o el sabio Demiurgo; todo pasa.
Y ¡Zuuuuuum! Cayó el sistema.
Y ¡Zuuuuuum! Explotó la bomba; todos callan. Las miradas siguen, pasan de largo. Llevan sus cinturones bien puestos y el paraguas en la mano. Las piedras caen y ellos se refugian en su plástico . ¡Lo ven! Yo sé que lo ven, pero…
Y ¡BUM! Ya cayó, ya inmortal, ya yace en el pasto el arte. Se descompagina en múltiples fragmentos: espectro de colores. ¿Quién supone rayos ultravioletas en él? Nadie, nadie, nadie, (todos). Árbol joven cortado, apoyado en el árbol viejo y hueco: Caen juntos: uno por su corte, aquel por el vacío, por su muerte.
Y ¡Zas! Amalgama de locuras. Todos fríos, miradas perdidas. “¡Dios a muerto!”, gritan, (pero lo saben: murió hace tiempo). “¿Qué dices? ¡Estúpido, calla!”... el arte, el siempre salvaje arte, fénix, sabia del hombre, fruto del logos. Un Ayax muerto para esplendor del público; aplausos, gritos y mucha esperanza. Y el mar que ya no sufre, se despedaza, se rearma: son moléculas de agua…
El río pasa… siempre el mismo río ¡Qué sabrán! Creo en mi absoluto, en mi alma dominada, sin dudas, autoritaria alma, vagabunda... salvaje… salvaje alma.
“Che, ¿Cómo estás?”, me preguntás. Y yo te digo que bien, que el fénix va naciendo, le faltan plumas y ese dorado intenso; le falta coraje y huevos; un poco de vino, de locura (¡Lunática ambrosía!); y sobre todo… Compañeros.
El ladrón de caridad
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Sudán es uno de los 20 países que concentran el 80 por ciento de la desnutrición de las personas menores de 5 años.Las consecuencias de una nutrición insuficiente "en especial en mujeres embarazadas y menores de 2 años- son para toda la vida, se transmiten de generación en generación y son irreversibles. La nutrición pobre causa atrofias corporales y discapacidades mentales, conduciendo a reducir la potencialidad del éxito educativo y laboral.
Vidrios en el suelo
Aclara, clarea el alba
La vida brilla mientras los sueños vagan. ¿Y qué es un sueño? ¿y qué es la vida? y qué brilla? ¿Qué contempla los márgenes del río, cuando este se va a acostar? Los paisajes de ensueño se meten en la mente, y el cielo, el amado y abandonado cielo, a veces se disuelve en los pensamientos de acá.
Pero no: existen, son bellos, destellos, recreación, y en la espina, ¡En el cuello!, un gris amarillento. Quizás sean guarida de los elfos, quizás sean un bosque; verde, gris, otoñal bosque. Quizás no sea mas que un lago, un serpenteante lago que inunde de belleza las hojas sueltas que vaguen por su pelo.
El cielo existe, pero no es cielo, es recreación de la mente en este terreno. Qué digo ni que callo, ni que susurro canto cuando hablo. Nada entienden los que me escuchan: ni yo mismo lo hago. Dudas - dudas - dudas, y un cielo que despierta. Dudas / dudas / dudas, y un amanecer que clarea.
Sobre el monte, en su paisaje, mañana estoy. Pero no, no quiero un simposio de letras que me carcoma mientras tanto.
Habla el inconciente y oigo sus bagajes. El arrullo de las hojas que me cantan etéreas melodías, (balsámica tríada de lunáticas), baladas de esperanza, y el amanecer que ya no siente, que ya naranja, carcome las copas de la mente. Baladas, música, y guitarra, y el laúd y el arpa que resuenan, tocados por míticos seres, y una escalinata de mármol blanco casi tapado por las hojas y raíces y musgos y naranjas verdes. Y ya clareó, y ya no sueño, y ya me invade el arrepentimiento: de haber dejado plasmado en estas hojas, las ansias de caminar por los prados de la muerte, ¿O de la vida?...
¿De que vale la esperanza, si ella solo se enfoca, en esperar la muerte, para subir la escalinata?.
Dalí y sus arcángeles
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Pasiones subsidiarias, gustos y disgustos anexos.
Dios y los ángeles
Sobre el orgasmo: Los padres de la iglesia reconocen que las visiones celestes y los éxtasis de los santos los mojan.
Sobre los libros: Gala, liturgia viviente de nuestros libros sacralizados.
Sobre el cuerpo de la mujer: El rostro de la mujer, para ser erótico, debe ser soportablemente desagradable.
Sobre la energía interna: El mejor de todos los fosfenos.
Sobre los niños: La cabeza demasiado pesada de los niños, tan pesada como una rosa mojada de rocío cuando arranca, con su peso excesivo, su tallo.
Sobre la gastronomía: En toda comida importante: la nuca protegida por pesadas cortinas, y el espectro de la muerte de Marco Aurelio.
Sobre el trabajo: Trabajo babeante de satisfacción, y con todos esos “Tours de France ciclistas” que trabajan para mí, es decir, la noosfera.
Sobre la montaña: Las montañas, de lejos, son como Bach. De cerca, sus rugosidades son las hemorroides del paisaje.
¡Como aparece ante mí, auténtico, sutil y sublime, el grito de San Juan de
¡Allí está el alma española en su esplendor! ¿Cómo no sentir, después de estas palabras, la insipidez burguesa de Montaigne? ¡Oh, muerte sin ser presente, yo te conjuro para que llegues por sorpresa, pues te amo demasiado y la voluptuosidad de tu beso toca mi voluptuosidad de vivir! Rilke dijo que morimos todos de nuestra propia muerte. Que la deseemos oculta no impide que la queramos cada día en su vestimenta fantástica.
Dalí me dijo - Louis Pauwels
El poeta y el filósofo
Yo no soy el filósofo.
El filósofo dice: Pienso… luego existo.
Yo digo: Lloro, grito, aúllo, blasfemo… luego existo.
Creo que la Filosofía arranca del primer juicio. La Poesía, del primer lamento. No sé cuál fue la palabra primera que dijo el primer filósofo del mundo. La que dijo el primer poeta fue: ¡Ay!
¡Ay!Este es le verso más antiguo que conocemos. La peregrinación de este ¡Ay! por todas las vicisitudes de la historia, ha sido hasta hoy la Poesía. Un día este ¡Ay! se organiza y santifica. Entonces nace el salmo. Del salmo nace el templo. Y a la sombra del salmo ha estado viviendo el hombre muchos siglos.
Ahora todo se ha roto en el mundo. Todo. Hasta las herramientas del filósofo. Y el salmo ha enloquecido: se ha hecho llanto, grito, aullido, blasfemia… y se ha arrojado de cabeza en el infierno. Aquí están ahora los poetas. Aquí estoy yo por lo menos.
Éste es el itinerario de la Poesía por todos los caminos de la Tierra. Creo que no es el mismo que el de la Filosofía. Por lo cual no podrá decirse nunca: éste es un poeta filosófico.
Porque la diferencia esencial entre le poeta y el filósofo no está, como se ha creído hasta ahora, en que el poeta hable con verbo rítmico, cristalino y musical, y el filósofo con palabras obstrusas, opacas y doctorales, sino en que el filósofo cree en la razón y el poeta en la locura.
El filósofo dice:
Para encontrar la verdad hay que organizar el cerebro.Y el Poeta:
Para encontrar la verdad hay que reventar el cerebro, hay que hacerlo explotar. La verdad está más allá de la caja de música y del gran fichero filosófico.Cuando sentimos que se rompe el cerebro y se quiebra en grito el salmo en la garganta, comenzamos a comprender. Un día averiguamos que en nuestra casa no hay ventanas. Entonces abrimos un gran boquete en la pared y nos escapamos a buscar la luz desnudos, locos y mudos, sin discurso y sin canción.
Además, los poetas sabemos muy poco. Somos muy malos estudiantes, no somos inteligentes, somos holgazanes, nos gusta mucho dormir y creemos que hay un atajo escondido para llegar al saber.
Y en vez de meditar como el filósofo o de investigar como los sabios, ponemos nuestros grandes problemas en el altar de los oráculos o dejamos que los resuelva aleatoriamente una moneda de diez centavos.
Y decimos, por ejemplo: Puesto que no sé quién soy… que lo decida la suerte.
¿Cara o cruz?
León Felipe, 1944